La vida sexual y triste por Diego Martínez

La vida sexual y triste — eltercermundo

Andrógino

La canícula 02, Rojolicht  http://rojolicht.wix.com/rojolicht

 

 

 

CUANDO YO TENÍA OCHO O NUEVE AÑOS mis padres decidieron cambiarme de colegio. Nunca hablamos del asunto, ellos simplemente tomaron la decisión y luego me la anunciaron sentados a la mesa. La verdad es que estaban cansados de lidiar con los maltratos a los que me sometían los niños del salón. Entonces me inscribieron en un colegio americano, un colegio pequeño y muy costoso en donde estudiaban los niños de las familias más forradas de la urbanización. Pero las cosas no cambiaron. Cuando aquellos muchachos descubrieron que yo no sabía defenderme comenzaron de nuevo los ataques. Un día me encerraban en la jaula del perro, un parapeto de cabillas en una esquina del patio, y luego se ponían a escupirme o a aguijonearme con una vara. Un día pescaban mi bolso y lo metían en el retrete del baño común, dañándome todos los útiles escolares, o simplemente agarraban el bolso y lo arrojaban por un barranco, o me arrojaban a mí junto con el bolso por un barranco. Esas cosas.

Mi padre estaba furioso. Yo ponía todo el cuidado del mundo en ocultar las magulladuras que me quedaban de aquellos encuentros, pero luego mi padre o mi madre descubrían las magulladuras y entonces empezaba una serie interminable de interrogatorios que me dejaban hecho polvo. Creo que para mi padre lo más vergonzoso de todo era mi tamaño. Es decir, que yo era de lejos el más alto de la clase. El viejo pasó domingos enteros enseñándome a tirar puñetazos. Ambos nos cuadrábamos en el jardín y comenzábamos a ensayar golpes, hasta que de pronto mi padre me agarraba por sorpresa y me soltaba un verdadero carajazo y yo caía redondo en el pasto, sin entender del todo lo que acababa de suceder. Pero no lloraba, con mi padre nunca lloraba. Con mis amigos sí lloraba. Lloraba como una niña, como una marica, si se quiere, pero con mi padre no lloraba. Me levantaba del suelo sujetándome la mandíbula mientras él me arengaba, me decía, ¿verdad que te dolió el coñazo, no es cierto? Pero ya pasó todo, ¿no? El dolor ya pasó, ¿no es cierto? En efecto, el dolor ya había pasado. No había sido más que el susto. Bueno, seguía mi padre, eso es todo lo que pueden hacerte si te golpean: darte un buen susto. Un sustito. Pero la sangre, los golpes, toda esa vaina pasa, y pasa rápido. Así era el viejo. Él había sido un muchacho pobre, uno de esos muchachos que aprenden a defender cada centímetro de tierra a los coñazos. Yo había nacido en una familia próspera, me había educado en buenos colegios, amaba a mi madre por encima de todas las cosas y pensaba que nunca podría llegar a ser el hijo que mi padre esperaba. No era bueno en ningún deporte —el viejo había sido un gran beisbolista—, no sabía defenderme ni tampoco tenía amigos con los que mi padre pudiera verme tonificando mi masculinidad, porque yo era el vástago de mi padre.→ La vida sexual y triste
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