Pasiones distorsionadas por Diego Martínez

Pasiones distorsionadas — eltercermundo

Anónimos

We are the Messiah II_05, Rojolicht  http://rojolicht.wix.com/rojolicht

 

CONSEGUÍ EL NÚMERO DE CELULAR DE RAMIRO a través de una de sus tías, que también era amiga de mi madre. Hablamos por teléfono unos quince minutos y luego quedamos en que pasaría al día siguiente por su casa. Es decir, por la casa de su abuela. Y así lo hice.

Cuando llegué el portón estaba cerrado. Probé llamándolo al número de celular, pero nadie contestó. Entonces me puse a llamarlo a gritos, como había hecho tantas veces en el pasado, y un cuarto de hora después Ramiro apareció en la puerta, mojado, con una toalla en la cintura y un cepillo de dientes en una mano.

Nos abrazamos.

Nos dijimos cosas tipo, marico, qué bolas. Marico, tanto tiempo. Marico, cómo has estado.

Ramiro me señaló la puerta y entramos. La verdad, me quedé de una pieza. Aquello que alguna vez había sido la casa de su abuela ya no existía. Habían tapado con bloques las puertas de vidrio corredizas que daban al jardín, y en el jardín habían hecho construir cubículos de oficinas para alquiler. Las únicas ventanas que dejaban entrar luz en aquella casa estaban en la cocina, pero la cocina también era un asco. Había pipotes llenos de agua aquí y allá, y manchas de óxido en los gabinetes y en las cerámicas. Y había mugre, mugre por todas partes, y cucarachas muertas, y mierda de rata.

Ramiro fue a vestirse y me pidió que lo esperara en la sala. Las viejas lámparas turcas de la abuela. Las serigrafías en el piso y llenas de polvo. Los muebles arrumados en una esquina. La mierda de rata. En el pasillo, una vieja mecedora y una mesita torcida, como a punto de venirse abajo, y sobre la mesita algunas revistas de cosmética y una taza de café. Me senté en la mecedora y encendí un cigarrillo mientras lo esperaba. Desde allí podía ver a Ramiro de espaldas, frente al espejo del baño. Y también podía ver la puerta entreabierta de la habitación de su abuela. Donde ahora duerme Ramiro, pensé. Y luego vi que, tras la puerta, habían instalado una segunda puerta, que en verdad no era una puerta sino una malla metálica enmarcada en aluminio cromado. Para los mosquitos, pensé. Y luego pensé, no, para los mosquitos no, para las ratas, y apagué en el suelo el cigarrillo. → Pasiones distorsionadas

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